miércoles, 18 de noviembre de 2015

Melisa Machado y su canto al otro cielo



Caminar por la costa montevideana en días primaverales tiene su recompensa: ser testigo de la ceremonia del crepúsculo. Aunque habrá que recordar que caminar siempre tuvo sus obsequios más allá de los remarcados por los médicos si se considera el andar como una forma accesible e inmediata del placer y libertad y un estimulo a las ideas y la imaginación. Caminando uno puede presenciar como la gran bóveda celeste cambia de piel y la eternidad que concibió Rimbaud: “el mar unido al sol” mantienen nupcias en una explosión de matices y texturas en el firmamento que siempre dicen algo. A mí me recordaba el verso “Canto a un cielo distinto” de la poeta uruguaya Melisa Machado. Pero la sincronía entre experiencia, emoción y recuerdo parecía tener un afán geométrico pues el libro donde se encuentra el verso mencionado es “El canto rojo” (2013), México: Sediento Ediciones. Así, la tonalidad del cielo encajaba con el adjetivo del título. Lo curioso era la senda formada en mi mente: del cielo al libro y del poemario al cuerpo pues los textos de “El canto rojo” gravitan alrededor de un eje: el cuerpo. El cuerpo acá aparece como distintos momentos de una realidad en continuo fluir, es obsesión e impulso del lenguaje, motivo para “la prosperidad de mi lengua” como bien inaugura la poeta este libro. Bien visto, no debería sorprender que el inasible camino de las nubes lleven a la concreta casa del alma porque ese lazo también es una extensión de la poesía de Machado capaz de acoplar esferas impares, contradictorias, de mostrar la misma devoción ante el cuerpo en su realidad más inmediata como a la energía que anima el corazón y toda la armazón que dirige con sus bombeos y su música. Es lo que hace la buena poesía: desvanecer las impositivas fronteras entre mundo exterior y universo interno. Desde una perspectiva racional, científica y química como la esgrime Albert Hofmann “la realidad es el producto de una relación mutua entre señales materiales y energéticas que parten del mundo exterior y el centro, que constituye la conciencia en el interior del individuo”. Hofmann hace hincapié que entre el mundo exterior (que emite) y el mundo interior (que recibe) no existe una condición dual, señalando que el cerebro es materia del mundo emisor pero al mismo tiempo se vuelve receptor de las señales provenientes del mundo externo. De alguna manera esto ya lo dijo el saber tradicional ancestral que no se anima a mirar el mundo bajo ojos binarios y se inclinan más al relato de cualquier experiencia mística, esto es, la experiencia de unidad, de pertenecer a algo más grande, de estrechar lazos entre el afuera y el adentro o el cenit y el abajo.  

En “El canto rojo”  hay un vaivén entre materia y alma, se mezclan, se confunden sin reparo alguno superando el calco de la ilusión arrojada por los sentidos y apostando por la sugerencia simbólica. Es el cuerpo como motor para crear otro mundo, el organismo fragmentado cuyas partes dibujan un todo donde se articulan creando con toda esta reordenación una atmósfera fuera del habito cotidiano y determinando un clima pendular que va del placer o angustia sensual al comentario metafísico o intelectual: “Ojos lamidos por la fiebre / sabor del nombre diluido en la boca” o “me despedaza esta flor que crece debajo de mi lengua”. Es, en efecto, “la lengua clavada en el ojo”, pero la lengua como órgano y como palabra, sin escisión, polisémica, con la virtud de presentar al menos una bifurcación de significados.  Lo emotivo en cualquiera de sus matices asume un gesto físico, la realidad espiritual se expone a la luz de los ojos, la boca, las manos, la lengua, el sexo. Es ambas cosas a la vez. La autora sostiene su escritura quizás con la idea de que lo desconocido es posible desde lo conocido, pero conocer el cuerpo también implica escribir desde él, danzando, escuchándolo, asombrándose de su milagro y misterio, del poniente y del alba que también acontecen en él, de la recreación de las indiscutibles leyes de Newton a la par de aquello que no se puede medir. Es el cuerpo vivo, cenestésico, accesible, constelado e inasible a un mismo tiempo, es el vehículo que lleva a varios pliegues de la realidad y a los múltiples matices de la vida que nos enlaza formando así un solo cuerpo:
XII
Cubrí su cuerpo con flores y otras hierbas
luego de cuatro semanas de navegar por tierra.
Macerados, nos dejábamos acunar por la marea.
Bendito sea este vientre, el estoque:
su dulzura y armadura.

Epílogo
digna de esta piedra izo las velas en el lecho de dios.
a bordo de la tierra. a dulce de platillo.
solicitada y concedida.
con luz sobre esta carne en dagas.
con cuervo mejilla heráldica de dios padre
mejilla heráldica de dios hijo.
“rezumas hierbabuena”, dijo.
“rezumas mielmala”, dijo.
peino el nombre,
amaso el hambre.
juntando ojo con piel.
siete veces gato. siete gatos ciegos.
lúcidos de tanta sombra. vivos de tanto dios
videntes de hielo. bellos como agua dura.
como horca o molino.
somnolientos y duros perros dulces.
gatos de hambre yaciente,
atados a la cintura contra el frío.
Inertes de encorvada edad.
primos de espalda restallante.
sin rizos lóbregos ni guedejos.
de hambre viva. De “toda culpa es mía”.
huéspedes de blonda o cabellera bruna.
muslos de muertos vivos.
vivos de plantas llanas.
de osamenta filosa. de ojos cuenco.
de umbrosa tibia y ensortijada espina,
axila blasfema:
rezo vocal.     
Olafur Eliasson: "The weather project" 2003


1 comentario:

  1. Amanezco vientre arriba,

    cuarteada y sálvica.

    Soy la reina de la tierra.

    Soy la reina de las hormigas.

    Soy la reina de los grillos.

    Soy el aparejo de cuerdas de mis muslos.

    Soy mi hueso,

    mi malar.

    Y el hueso púbico que aquellos pulirán.

    Soy la reina del ciprés.

    “Tuyo mi dolor y mi gloria.

    Tuyas mis estacas”.

    Gracias, Rojas rojas. Me honras con tu texto, poeta y crítico sutil.

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