miércoles, 10 de octubre de 2018

Mario Levrero, Caza de conejos, 1973.


XLII
La fuerza de los conejos radica en que todo el mundo cree en su existencia

XLIV
Hay quienes se unen a nuestro equipo de caza no por interés en los conejos, sino en los pájaros. En efecto: quien ame el canto de los pájaros, encontrará en el bosque una tal variedad y una tal especial calidad de en los cantos que quedará maravillado. Son estas personas las que más sufren cuando se enteran, tarde o temprano, de que hay poquísimos pájaros en este bosque, y los que hay casi no cantan o cantan mal o sin ganas; un canto opaco, sin brillo ni energía. Quienes cantan son las arañas, esa clase de arañas enormes y peligrosas que hacen sus nidos en las copas de los árboles y se valen de su canto para atraer víctimas. El amante del canto de los pájaros, hombre de sangre dulce, es la víctima favorita de estas arañas.


LVI
Evaristo el plomero creía cuando era joven, debido a nuestra pronunciación rioplatense de la zeta, que íbamos a casar conejos, y en su primera cacería junto a nosotros fue con un sacerdote. En adelante tomamos el cuidado de pronunciar la zeta al estilo castizo, lo cual favoreció en nosotros el desarrollo de una notable afición por las cosas españolas, y en especial la música. Es así que ahora, los domingos, en lugar de ir de caza nos quedamos en el castillo escuchando discos y hablando de toros.

martes, 11 de septiembre de 2018

Roberto Appratto: la memoria en tensión.




En las páginas 63-64 del reciente libro de Roberto Appratto, “La carta perdida”, leemos: “Hasta hace poco le parecía que ya no había espacio para moverse, que ya no podía haber cambios: disfrutaba de su tiempo, de sus gustos, de hacer lo que quería y cuando quería, en un tono apagado, como si no hubiera nada que hacer más que repetir el presente en el cual se acomodaba todo lo que había reunido a lo largo de los años, todo lo que le quedaba después de pérdidas de todo tipo, que ya no lamentaba. Es decir: no había futuro: estaba todo cerrado, o al menos lo veía así” Eso pensaba y sentía el protagonista de esta novela, Ricardo Ferrari; pero, gracias a la intervención del azar que le trae una carta que pone en entredicho su idea de pasado ese ilusorio universo estable e inamovible perderá su equilibrio. Ese cataclismo personal asistido por una epístola que quiebra su pasado y por extensión su presente será el eje que sostiene toda la narración. ¿Pero quién es Ricardo Ferrari? Un escritor. Un jubilado de 65 años que, ahora sí, dispone de más tiempo para escribir. Si bien su perfil en la historia se dibuja como un periodista que aún ejerce su oficio esporádicamente sus preocupaciones son de escritor, del vínculo que tiene con la palabra viva, que ahonda y cuestione, que sea vía de autoconocimiento. Podemos acompañar a Ferrari en su rutina sin mayores sobresaltos más allá del asomo intermitente a los pequeños infiernos de su vida interna, ese ajetreo privado a ojos externos. Se le acusa de frialdad, de “no saber querer”, de distante, cargos que no generan mayor movimiento psicológico o espiritual en el personaje, como ya reconciliado con su naturaleza a la cual le tiene una justificación si alguien preguntase por su actitud.
El punto de quiebre y el drama de esa vida subyugada a una rutina más bien controlada lo dará una carta que Ferrari encuentra por casualidad, una misiva dirigida a su padre 50 años atrás. Puede que no aparezca la reproducción total de la susodicha carta, pero basta con la impresión que se lleva Ferrari y las consecuencias emocionales que desencadenan en el personaje. Un tal Miguel Bonilla ha firmado esa correspondencia y con trazo firme y encolerizado, por el tono sugerido del texto, le da otra imagen del padre de Ferrari (Augusto Ferrari), una semblanza de alguien decepcionante, de un traidor, de un hombre de no fiar. Un inesperado perfil que va invadir y cuestionar el que lleva Ferrari hijo arrastrándolo a revisar su pasado, no sólo de la imagen paterna sino de su propia vida.   
A partir de este meteorito que fue la carta en tierras del pasado Ferrari interpreta la queja de Bonilla y el misterio de su aparición de diversos modos, generando así una serie de hipótesis y reconstrucciones ficcionales de cómo esa carta llegó justo en una de sus travesías rutinarias. Sin duda, también un móvil de la escritura que construye escenarios y situaciones posibles que intentan responder un enigma. Pero las interrogantes se van multiplicando a medida que avanzamos en la lectura siendo las capitales ¿Quién es su padre? y, sobre todo, ¿Quién es él, Ricardo Ferrari?
Preguntas que confluyen en una revisión del discurso de la memoria. ¿Qué se recuerda?, ¿qué significa recordar?, ¿cómo se escribe el recuerdo? Interrogantes que atañen a la conciencia de un escritor y especialmente a los que caminan por la senda de la autoficción. Henri Bergson definía la memoria como elemento fundamental de la constitución del ser humano, ser que conserva su pasado actualizándolo en su presente. La falsificación de la historia supondrá, pues, la neutralización o perversión de nuestra propia capacidad experiencial. Y es lo que Ferrari padece, su presente ha sido atacado por una carta cuyo destino era su padre medio siglo atrás. Con lucidez, nuestro personaje sabe que el recuerdo también es una construcción y ahora sólo cuenta con la fachada del mismo pues el tiempo se ha devorado todo lo demás. Ahora, con angustia, debe cotejar y revisar esos fragmentos que conforman su memoria individual privada y subjetiva porque la intencionalidad de esta narrativa no es de carácter histórico sino fundamentalmente existencial y moral. “Todo se puede justificar. Después uno imagina, más que recuerda, su pasado, para llegar a algunas conclusiones”.  (p. 49). Reflexiones existenciales que no se separan de la escritura que puede registrarlas. Recordemos, Ferrari es un escritor y ningún ámbito queda incólume a la mirada de un literato: los sueños, el cine, sus lecturas, los ensayos, las caminatas, todo esto en conjunto con el drama que ha movilizado la carta. “Entonces ahora tiene ganas de encarar esta historia como una narrativa de lo real, es decir, de pensarla como algo que se pueda escribir, pero sin escribir nada”.  Lo real sugerido acá por boca de un escritor es la ficción que lo representa y es lo que hace Appratto con maestría sumergirnos en una realidad ante todo construida, interrogando con ello el relato en el que descansa la memoria, tensionando certezas como bien lo sabe hacer la buena literatura. 

lunes, 27 de agosto de 2018

Los ocho magníficos del sur




En 1960 el director  John Sturges estrenaba su película “Los 7 magníficos”. Una película de culto y clásica del western, es decir del género cinematográfico norteamericano que se ambienta en el Viejo Oeste estadounidense. En el film de Sturges en un pequeño pueblo mexicano fronterizo con los Estados Unidos unas bandas de malhechores asedian a la comunidad, dirigidos por el sanguinario Calvera, quitándoles a los labradores el fruto de sus cosechas. Los habitantes del pueblo deciden pedir ayuda a pistoleros profesionales estadounidenses, ya que en términos monetarios les resulta más barato que comprar armas y defenderse por su cuenta. Pero la paga más bien baja sólo atraerá a siete hombres, pero suficientes y decididos para liberar al pueblo de esa plaga. Siete personalidades impares y definidas, pero complementarias. Los gringos, como siempre en el cine, representan a los buenos. En el año 2016, aparece un remake de la película de Sturges dirigida por Antoine Fuqua y llamada también “Los 7 magnificos”, si bien la historia tiene variaciones comparten la esencia de los siete pistoleros contratados para proteger un pueblo, los siete, de alguna manera, héroes. Este año vio luz el libro “Los ocho magníficos “de Mario Delgado Aparaín. El título es el primer impulso para relacionarlo con lo dicho anteriormente del mundo cinematográfico, incluso puede condicionar y preparar el terreno de la sugerencia para leer un western, pero Delgado Aparaín no sigue con la cadena de homenajes, versiones y covers de los citados siete protectores que en realidad arrancan con los “Siete samuráis” de Akira Kurosawa. Entonces tenemos Sturges se basa un Kurosawa, Fuqua en Sturges y Delgado Aparaín puede que en todos. No lo sabemos. Lo cierto es que estamos ante una novela donde se despliega una confrontación, una guerra, como en una especie de western, pero a medida que avanzamos en la lectura esa etiqueta se va desvaneciendo si atendemos a lo que define la misma. No es el viejo oeste gringo es San José de Las Cañas en el Departamento de Durazno, es principio de siglo XX en Uruguay profundo, el cometa Halley surca memorablemente el cielo como supuesta señal del fin del mundo y la disputa va a ser entre autoridades de la región junto a ingleses que quieren introducir el ferrocarril en esa zona del país y conectarse con Brasil y un ejército de facinerososo comandados por el matrero Filisbino Nieto. Puede que en principio el adjetivo magnífico les quede holgado a esta banda, eso sí fielmente unida, que se dedica sobre todo a contrabandear productos desde Brasil a pueblos de Durazno, pero su magnificencia se verá al final del relato, lo que logra esta familia de ocho a sabiendas de tener desventaja en comparación con sus contrincantes. Por eso no les gusta la idea de que a ese lugar llegue el ferrocarril pues sus intereses y negocios desaparecerían. Como toda guerra, es un episodio de confrontación de poderes, de egoísmos, de oscurecer el bando contrario y de pertenecer a una de las partes. De hecho, en este sentido, uno de los “magníficos” Ananías Rojas convence a gran parte de la población para defender sus tierras y apegos materiales de la invasión inglesa y apoyar la causa de filisbino Nieto y sus hombres. Novela de guerra, pero es mucho más que eso, también ficción sobre la espera ilustrada en el caso de uno de sus personajes, el inglés Stirling o Estirlin quién espera ser el jefe de una estación de tren que no llega a construirse. A diferencia del género western acá el realismo no es el eje ni la norma de la escritura, pues está atravesada por ráfagas de lo fantástico especialmente con la situación del paciente y solitario Estirlin y su curioso rasgo de morir y resucitar como quien se duerme y despierta en un nuevo día. Puede que al principio de la novela esa situación de idas y venidas del más allá de Estirlin sea rara, pero a medida que avanzamos en la lectura aparecerá las causas de semejantes capacidades. Por otro lado, un grado de absurdidad va construyendo el clima y la atmosfera del relato hasta, por momentos, tornarse hilarante, cómica. Acá usted también ríe, no sólo atestigua violencia ni sed de venganza, porque con esta banda lo predecible se quiebra, siendo el humor una de sus herramientas más eficaces, parodia como crítica de mentalidades, como radiografía de idiosincrasias, de geografías y épocas que aún nos pueden enseñar mucho.


viernes, 6 de julio de 2018

Claudia Amengual: La vida como relato




En primera instancia, uno podría destacar dos historias centrales en el libro “El lugar inalcanzable” de Claudia Amengual; pero, en rigor, el número de historias que se ramifican a partir de estas dos fuentes capitales precisan un dígito mayor. No importa la cifra exacta, interesa en todo caso, las múltiples capas de escritura que se van permeando entre sí y construyendo una estructura más compleja que la simple arquitectura de dos narraciones paralelas que intercambian momentos. Sí, en “El lugar inalcanzable” encontraremos la historia de un crimen y de cómo se ejecutó dicho homicidio, pero, a la par, leeremos parte de la biografía de Jacinto Jarnau (uno de sus personajes principales), el relato de una familia montevideana que dejó huella en la historia uruguaya especialmente con la figura de Susana Soca, y su vinculación con uno de los momentos más oscuros que vivió Europa a mitad del siglo XX con la llegada del nazismo al poder y, concretamente, con su invasión a París. Esto, por nombrar apenas un puñado de historias que se desencadenan a partir de una anécdota central que mantiene en vilo a sus personajes, pero que en conjunto conservan una impecable armonía, como diferentes piezas de un gran artefacto de ficción.
Esta es una novela inquieta, en el sentido de que a medida que avanzamos en la lectura los múltiples lazos que van armando la trama se desplazan, cambian de coordenadas, dibujando con este vaivén un panorama más claro de la situación como si el movimiento entre causa y efecto de sucesos que conforman una vida se revelara en todo su esplendor. Lo curioso es que todo este despliegue de escritura se genera en un contexto antagónico, un caluroso primer día de enero del 1992 en Villa Carlos Paz, al oeste de Córdoba, Argentina. Allí, en una hostería, los huéspedes que despedían un año con jolgorio ahora están atrapados en ese lugar de paso por la muerte repentina de uno de sus visitantes, y hasta que no se resuelva ese misterio la larga jornada se convertirá en ejercicio de reconstrucción psicológica de sus posaderos y dará pie a que Jacinto Jarnau de 77 años vuelque su historia de vida a otro de sus huéspedes Marcos Fratini, joven ingeniero y escucha excepcional. Así, la muerte de un camionero anónimo detona una máquina de generar historias que confluyen en ese presente, en ese primer día del año.  La espera colectiva se convierte en una emocionante crónica de vida de Jacinto Jarnau con sus traumas y sus aprendizajes, sus alegrías y penas, su vida configurada por el contexto y sus reflexiones en distintos ámbitos, incluido el universo de la ficción. Incluso se abren preguntas de índole moral relacionadas con el deseo de muerte, y aún más, con la concreción de ese anhelo. En la novela se celebra y se reconoce variados estados de ánimos, múltiples ideas y distintos acontecimientos sólo en medida que existen en el tiempo. Propone historias mínimas que en conjunto van dando forma a un relato mayor, no con afán totalizador sino de vinculación continua entre lo macro y lo micro. Amengual tiene una relación con la historia más humana antes que informativa o estadística. Por ello, su escritura mantiene un considerable peso emocional, no sólo por la maravilla que desata cualquier vida vista de cerca sino por los distintos homenajes a situaciones y personajes precedentes.  En este sentido, habría que destacar el cumplido, aunque parcial, que le hace a la poeta y mecenas Susana Soca y su importantísimo aporte a la cultura uruguaya, un puente cultural entre Montevideo y París y, aún más, entre talentosos artistas y escritores locales y algunos del viejo continente. Esta es una novela de lazos en distintos grados, de comunión de tiempos dispares, de conjunción de sentimientos encontrados, de preguntas que apuntan a la parte oscura de la naturaleza humana, encontrando en esa confrontación una perspectiva única y conmovedora de un hecho histórico que creíamos conocido. Porque de eso se trata, de asombrarnos con lo ilusoriamente evidente y de no olvidar las causas que nos trajeron hasta el aquí y el ahora y el relato que describe todo ese viaje.


martes, 8 de mayo de 2018

El Regimiento de los sentidos por Constantino Cavafis





No hables de culpa, no hables de responsabilidad. Cuando el regimiento de los sentidos desfiles, con música, y con pancartas; cuando los sentidos tiemblan y tiemblan, es sólo un tonto y una persona irreverente que mantendrá su distancia, que no va a abrazar la buena causa, marchando hacia el Conquista de placeres y pasiones.
Todas las leyes de moralidad-mal entendido y aplicadas-son nulas y no pueden permanecer ni siquiera por un momento, cuando el regimiento de los sentidos pasa por aquí, con música, y con pancartas.
No permita ninguna virtud oscura para celebrar. No creo que ninguna obligación te obligue. Tu deber es dar, para siempre dar a los deseos, estas criaturas más perfectas de los dioses perfectos. Su deber es alistarse como un fiel lacayo, con sencillez de corazón, cuando el regimiento de los sentidos desfiles por, con música, y con pancartas.
No te limitar en casa, engañosa con las teorías de la justicia, con las ideas preconcebidas de la recompensa, mantenidas por una sociedad imperfecta. No digas, tal es mi trabajo de trabajo y tal es mi debido a saborear. Así como la vida es una herencia, y no hiciste nada para ganar como recompensa, así que debería ser el placer sensual. No te cierres en casa; pero mantén las ventanas abiertas, abiertas, para escuchar el primer sonido del paso de los soldados, cuando el regimiento de los sentidos llega, con música, y con pancartas.
No sean engañados por los blasfemos que les dicen que el servicio es peligroso y laborioso. El servicio del placer sensual es una alegría constante. Te agota, pero te agota con embriaguez sublime. Y finalmente, cuando te colapso en la calle, incluso entonces tu fortuna es envidiable. Cuando tu funeral pase, las formas a las que tus deseos dieron forma se lilas y rosas blancas sobre tu ataúd, los jóvenes dioses olímpicos te se sobre sus hombros, y te se en el cementerio del ideal, donde los mausoleos El brillo de la poesía es visiblemente blanco.
Traducido por Manuel Savidis

#ClubdelecturaUy


viernes, 9 de marzo de 2018

Lenguaje para las ruinas





El libro comienza con una cita bíblica, del Apocalipsis. Un punto de partida que prefigura la atmósfera que recorrerá todas las páginas de Pandemia, de Federico Machado, y hará estremecer a más de un lector que espere una poesía más bien sosegada, acaso de lo evidente y cotidiano. No, Machado abre la puerta con esa cita porque implica la idea de revelación, tanto de hechos futuros referentes al fin de la historia como de la presencia invisible del más allá (el paraíso y el infierno cristianos) en nuestro mundo temporal. Bienvenidos, dice el poeta, al fin de la sociedad, que no es otra cosa que el fin del lenguaje como lo usamos a diario. Ha llegado la pandemia y, tras su paso, sólo resta una estela de ruinas y miseria. El poeta, a su modo, dará cuenta de lo que ha visto, mediante un lenguaje que desacomoda la percepción que tenemos del mundo que nos rodea.

“diluidos entre calles desiertas / impregnado en los huesos / el aroma a napalm / se disgrega y conforma / nuevas configuraciones de la sangre // te busco entre miles de ojos en blanco”. El ambiente que conforman estas líneas, en la apertura del primer texto de Machado, son una extensión secular del epígrafe religioso. El panorama plasmado en los poemas que integran Pandemia tiene cierta familiaridad con la denuncia típica de la distopía, y el autor enfrenta con un lenguaje explosivo las secuelas de una sociedad injusta, quizá construida con la perniciosa utilización política de la ciencia centrada en otros fines, dejando en segundo plano la ayuda integral a la humanidad. Es el conocimiento rindiendo pleitesía al poder, y este dedicado a la destrucción para imponerse, en su aspiración totalitaria. La pérdida de la credibilidad del discurso utópico parece el móvil de estos textos, y en el fondo se trata de un quebranto en la fe de la ciencia, que no trajo la igualdad, la justicia y felicidad tan mentadas.

En una era presidida por el exceso de información, el poder omnímodo de la imagen y la posibilidad de acceder de manera instantánea a infinitos recursos tecnológicos, el poeta Federico Machado aparece con un libro en el que todo ese universo social ha sido devastado. Sólo resta partir, desplazarse, caminar en busca de otros horizontes. Somos testigos de una peregrinación signada por fantasmas individuales y colectivos. La cuestión es cómo decir el cataclismo, cómo fijar en imagen la ruina de la palabra de un mundo ya irreconocible, el mundo que se ha perdido, cuando se ha perdido también el lenguaje capaz de evocarlo. Es el trance entre dos eras, el pasadizo que enlaza dos tiempos, dos formas del decir. Ya no vale la estructura de conocidos discursos, la sintaxis predecible; se necesita, pues, un lenguaje adecuado para esta desolación, más bien un lenguaje que también explote y se abra a nuevas posibilidades.

Pero –atención– puede que las calles desiertas, el sol que se apaga, la madre tierra que aborta, la fe rociada por napalm y toda esa calma inhumana que registra el libro nos lleven a un vértigo inaudito, que no es el fin porque todo es transformación, un pasadizo que lleva a otro lenguaje necesario, vivo, inexplicable, el umbral de una era despojada del repertorio de ilusiones que rellenan la llamada realidad. Es ahí donde aparece el poeta Machado, para sostener que la palabra sigue siendo el instrumento más adecuado a la hora de intentar darle un sentido cabal al caos de la existencia, sobre todo luego de esa visión apocalíptica. Confirmamos así que la poesía es una forma erigida frente a la infinitud de lo real.

En estas páginas, las cuestiones humanas no se detienen en ningún lugar, por más que haya una devastación y posterior metamorfosis de la humanidad, se siguen extendiendo de manera indefinida, y el dilema del poeta es cómo dibujar un círculo capaz de acotar esas conexiones en expansión constante. Federico Machado no sólo dibuja ese círculo con extraña precisión, articulando los planos de lo sensorial, lo emocional y lo conceptual, sino que además nos invita a un viaje que apenas empieza.

Pandemia, de Federico Machado. Dios Dorado. 2017. 52 páginas.
*Nota aparecida originalmente en La Diaria del 7 de marzo de 2018