martes, 8 de mayo de 2018

El Regimiento de los sentidos por Constantino Cavafis





No hables de culpa, no hables de responsabilidad. Cuando el regimiento de los sentidos desfiles, con música, y con pancartas; cuando los sentidos tiemblan y tiemblan, es sólo un tonto y una persona irreverente que mantendrá su distancia, que no va a abrazar la buena causa, marchando hacia el Conquista de placeres y pasiones.
Todas las leyes de moralidad-mal entendido y aplicadas-son nulas y no pueden permanecer ni siquiera por un momento, cuando el regimiento de los sentidos pasa por aquí, con música, y con pancartas.
No permita ninguna virtud oscura para celebrar. No creo que ninguna obligación te obligue. Tu deber es dar, para siempre dar a los deseos, estas criaturas más perfectas de los dioses perfectos. Su deber es alistarse como un fiel lacayo, con sencillez de corazón, cuando el regimiento de los sentidos desfiles por, con música, y con pancartas.
No te limitar en casa, engañosa con las teorías de la justicia, con las ideas preconcebidas de la recompensa, mantenidas por una sociedad imperfecta. No digas, tal es mi trabajo de trabajo y tal es mi debido a saborear. Así como la vida es una herencia, y no hiciste nada para ganar como recompensa, así que debería ser el placer sensual. No te cierres en casa; pero mantén las ventanas abiertas, abiertas, para escuchar el primer sonido del paso de los soldados, cuando el regimiento de los sentidos llega, con música, y con pancartas.
No sean engañados por los blasfemos que les dicen que el servicio es peligroso y laborioso. El servicio del placer sensual es una alegría constante. Te agota, pero te agota con embriaguez sublime. Y finalmente, cuando te colapso en la calle, incluso entonces tu fortuna es envidiable. Cuando tu funeral pase, las formas a las que tus deseos dieron forma se lilas y rosas blancas sobre tu ataúd, los jóvenes dioses olímpicos te se sobre sus hombros, y te se en el cementerio del ideal, donde los mausoleos El brillo de la poesía es visiblemente blanco.
Traducido por Manuel Savidis

#ClubdelecturaUy


viernes, 9 de marzo de 2018

Lenguaje para las ruinas





El libro comienza con una cita bíblica, del Apocalipsis. Un punto de partida que prefigura la atmósfera que recorrerá todas las páginas de Pandemia, de Federico Machado, y hará estremecer a más de un lector que espere una poesía más bien sosegada, acaso de lo evidente y cotidiano. No, Machado abre la puerta con esa cita porque implica la idea de revelación, tanto de hechos futuros referentes al fin de la historia como de la presencia invisible del más allá (el paraíso y el infierno cristianos) en nuestro mundo temporal. Bienvenidos, dice el poeta, al fin de la sociedad, que no es otra cosa que el fin del lenguaje como lo usamos a diario. Ha llegado la pandemia y, tras su paso, sólo resta una estela de ruinas y miseria. El poeta, a su modo, dará cuenta de lo que ha visto, mediante un lenguaje que desacomoda la percepción que tenemos del mundo que nos rodea.

“diluidos entre calles desiertas / impregnado en los huesos / el aroma a napalm / se disgrega y conforma / nuevas configuraciones de la sangre // te busco entre miles de ojos en blanco”. El ambiente que conforman estas líneas, en la apertura del primer texto de Machado, son una extensión secular del epígrafe religioso. El panorama plasmado en los poemas que integran Pandemia tiene cierta familiaridad con la denuncia típica de la distopía, y el autor enfrenta con un lenguaje explosivo las secuelas de una sociedad injusta, quizá construida con la perniciosa utilización política de la ciencia centrada en otros fines, dejando en segundo plano la ayuda integral a la humanidad. Es el conocimiento rindiendo pleitesía al poder, y este dedicado a la destrucción para imponerse, en su aspiración totalitaria. La pérdida de la credibilidad del discurso utópico parece el móvil de estos textos, y en el fondo se trata de un quebranto en la fe de la ciencia, que no trajo la igualdad, la justicia y felicidad tan mentadas.

En una era presidida por el exceso de información, el poder omnímodo de la imagen y la posibilidad de acceder de manera instantánea a infinitos recursos tecnológicos, el poeta Federico Machado aparece con un libro en el que todo ese universo social ha sido devastado. Sólo resta partir, desplazarse, caminar en busca de otros horizontes. Somos testigos de una peregrinación signada por fantasmas individuales y colectivos. La cuestión es cómo decir el cataclismo, cómo fijar en imagen la ruina de la palabra de un mundo ya irreconocible, el mundo que se ha perdido, cuando se ha perdido también el lenguaje capaz de evocarlo. Es el trance entre dos eras, el pasadizo que enlaza dos tiempos, dos formas del decir. Ya no vale la estructura de conocidos discursos, la sintaxis predecible; se necesita, pues, un lenguaje adecuado para esta desolación, más bien un lenguaje que también explote y se abra a nuevas posibilidades.

Pero –atención– puede que las calles desiertas, el sol que se apaga, la madre tierra que aborta, la fe rociada por napalm y toda esa calma inhumana que registra el libro nos lleven a un vértigo inaudito, que no es el fin porque todo es transformación, un pasadizo que lleva a otro lenguaje necesario, vivo, inexplicable, el umbral de una era despojada del repertorio de ilusiones que rellenan la llamada realidad. Es ahí donde aparece el poeta Machado, para sostener que la palabra sigue siendo el instrumento más adecuado a la hora de intentar darle un sentido cabal al caos de la existencia, sobre todo luego de esa visión apocalíptica. Confirmamos así que la poesía es una forma erigida frente a la infinitud de lo real.

En estas páginas, las cuestiones humanas no se detienen en ningún lugar, por más que haya una devastación y posterior metamorfosis de la humanidad, se siguen extendiendo de manera indefinida, y el dilema del poeta es cómo dibujar un círculo capaz de acotar esas conexiones en expansión constante. Federico Machado no sólo dibuja ese círculo con extraña precisión, articulando los planos de lo sensorial, lo emocional y lo conceptual, sino que además nos invita a un viaje que apenas empieza.

Pandemia, de Federico Machado. Dios Dorado. 2017. 52 páginas.
*Nota aparecida originalmente en La Diaria del 7 de marzo de 2018

jueves, 18 de enero de 2018

Sonido y sentido



La aparición de este libro merece una celebración especial, en voz alta. El fenómeno del slam como modo de presentación del poema al público es reciente en el ámbito literario montevideano, pero un poco más de dos años han sido suficientes para que se convirtiera en uno de los acontecimientos más interesantes de la escena poética nacional, con una capacidad de convocatoria notable. El Slam de Poesía Oral de Uruguay fue originalmente una convocatoria a poetas para que recitaran textos propios sin utilizar en escena más que su voz y su cuerpo, en un tiempo que no superara los tres minutos con 20 segundos la lista de participantes ha ido en aumento y conformado una constelación de propuestas heterogéneas tanto en escritura como en puesta en voz de esos textos, que merecen más atención por sus búsquedas orales y sus tentativas en escena. También llegó a tener su versión radial, los jueves de mañana en el programa Todo pasa, de Océano FM; eso es lo que el libro registra, un sucinto panorama que deja entrever la esencia del slam: encontrar y ejecutar la voz del poema, esa entonación propia de cada autor que sincroniza con las intenciones del texto. La recitación ha sido un rasgo inherente de la poesía desde sus orígenes y es lo que recuerdan y subrayan estos poetas bajo otras modalidades del decir.

Los artistas son Andrea Añón, José Arenas, Héctor Bardanca, Hoski (José Luis Gadea), Agustín Lucas, Federico Machado, Hernán Poloni, Regina Ramos, Alberto Restuccia, Isabel Retamoso, Gabriel Richieri y Guillermina Sartor, y el libro incluye varios de sus textos, así como un código QR que permite oír y ver cómo se presentaron uno o dos poemas en la voz de cada autor, así como destacables notas introductorias a cargo de Luis Bravo (poeta que ha inaugurado el término “puesta en voz” con una propuesta que tiene a la oralidad como eje) y Pabloski (Pablo Pedrazzi), organizador del Slam de Poesía Oral de Uruguay.

El texto de Bravo hace un breve pero iluminador repaso histórico del slam en la poesía reciente: ubica sus orígenes en Chicago, sus iniciales motivaciones estéticas, sus normas y sus consecuencias artísticas y políticas. Una propuesta inicialmente underground que no sólo se ha institucionalizado en su tierra de origen, como una modalidad respetada y estudiada, sino que además se ha vuelto una idea de exportación. Las variantes de esta vertiente poética en América Latina son interesantes porque cada país presenta características propias. Bravo reúne datos que importan para confirmar que no se trata de un “movimiento” nuevo en el ámbito de la poesía, e invita a la indagación y la reflexión teórica sobre el fenómeno, en una línea que viene desarrollando desde hace tiempo, tanto en su propuesta poética como en su trabajo ensayístico. Por su parte, Pabloski ofrece la crónica de una experiencia personal directa con el slam, primero como admirador, luego como participante en tierras extranjeras y, finalmente, como organizador en Uruguay. Las justificaciones que esboza para su tarea de impulsor de este formato son de variada índole, pero principalmente apunta a la necesidad de sacar el discurso poético de su medio habitual y predecible, de exponerlo en una zona inesperada con límites claros para ver cómo se defiende y se despliega de manera creativa. Pabloski también se adentra en una serie de reflexiones sobre este breve tiempo de vida del slam uruguayo y propone incluso algún dato bibliográfico que contribuye a entender la “descentralización de la palabra hablada” y valorar la importante tradición de la poesía perfomática.


Quien lea y, sobre todo, escuche este libro experimentará una forma acaso inédita de recibir un poema. La dimensión sonora y la textual en el mismo plano, el ritmo de las voces enfrentadas, el poema como una suerte de partitura serán los ámbitos en los que veremos los aportes de estos poetas. Todo eso lleva a recordar las exploraciones de las veladas futuristas, la poesía fonética dadaísta, los ejercicios literarios de los surrealistas y, aun más, la relegada tradición uruguaya que señala Pabloski, deudora de quienes vieron en la oralidad un medio para explorar nuevas posibilidades del lenguaje. Sin duda, los poetas de este Slam FM están en busca de lo que algunos teóricos, como Walter Ong, Paul Zumthor y Henri Meschonnic, han propuesto como aspiración de todo poema: ser voz, donde sonido y sentido van por el mismo canal.

Nota aparecida originalmente en La Diaria del 15/01/18

sábado, 9 de diciembre de 2017

Teresa Porzecanski y su pasión por contar


Los títulos:  “Su pequeña eternidad” (2007-2016), “Irse y andar” (2016) y “La piel del alma” (1996 -2017)”, son, en rigor, momentos de  un proyecto de escritura. Estamos ante una propuesta que cumple con uno de los mandatos de la ficción: darnos una voz propia, un ritmo particular pero no petrificado ni predecible sino explorado y llevado a buen término, vuelto sello personal, una respiración, extensión de una lectura propia del mundo. En esta involuntaria trinidad literaria se registra a su modo la persistencia de una visión interesada en la práctica milenaria de contar historias, como eco de tradiciones como la sufí, el zen o la cábala, donde muchas historias son parte de un método para el desarrollo de la percepción, entre otros fines, aunque ahora en voz de Porzecanski estos relatos sean detonantes de una escritura poética y alegórica. No es casual pues que dentro de un libro se desplieguen más de una historia, se crucen sin trauma y el edificio textual se construya a partir del eje de la metaliteratura.

El desfile de personajes memorables es largo en estos tres libros como el rabino Meir Bajarlía profeta identificable por su rolliza presencia y su lectura religiosa del mundo, Matilde Spinoza y su particular forma de meditación y revelaciones y la relación que ésta tiene con su madre que se niega a irse de este plano, el escritor Mario y su ojo para ver los difuntos y escuchar sus mensajes, el Maestro Bensusan enseñando Kabalah a tres adolescentes absortas a un tiempo en un cocurso de misses o la entrañable Faride Azulay entre otros tantos. En boca de alguno de estos personajes o de otros que van apareciendo a medida que se despliega el relato aparece esa modalidad del cuento-enseñanza el cual puede ser leído como una historia cualquiera; pero, recordemos que durante miles de años en Oriente principalmente, estas historias fueron diseñadas y utilizadas para tener un efecto específico sobre la mente. Parece una práctica del pasado, y esa atmósfera es la que recrea en parte Porzecanski quizás porque las historias acá presentadas se emparentan en uno de sus momentos con cierto tono mitológico ofreciendo un lenguaje para la intuición más que para recepción racional y lógica. Son sugerentes sus narraciones, hay alusión como bien sabe hacer la literatura.

Son capas y capas de sentidos que se superponen, no es de sorprender entonces el tipo de estructura que mantiene el relato pues da pie para introducir otro cuento-enseñanza que, como en siglos atrás y en otros contextos, lleva la mente del lector a caminos poco explorados. Uno de los tantos impactos que crea esta propuesta de escritura es establecer conexiones inesperadas entre situaciones viendo con ello formas alternativas de percepción y de pensamiento. Las historias, los cuentos, los mitos, fábulas y parábolas, tanto orientales como occidentales, han tenido desde tiempos inmemoriales dos funciones: servir de distracción y, al mismo tiempo, ser instrumentos para una psicoterapia popular. Porzecanski parece interesarle parte de esas intenciones y aplicarlas a la ficción que nos ofrece, como creación del lenguaje a un tiempo que excusa para dejar reflexiones sobre lo humano, gotas de sabiduría. No se limita a darnos una experiencia intelectual sino un móvil que desate nuestra intuición. Por eso más que centrarme en la anécdota de las novelas atiendan estas palabras como invitación de lectura sin caer en la discusión acerca del significado de las historias, ya que esta propuesta no la podemos reducir a la explicación del pensamiento lineal racional, o no exclusivamente. La lectura es un peldaño hacia el restablecimiento de la percepción espiritual en una mente cautiva, implacablemente condicionada por los sistemas de entrenamiento de la vida material. Agradezco pues a la autora que nos lleve por estos caminos desconocidos.


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martes, 28 de noviembre de 2017

Las letras en el cuerpo*

El texto que inaugura “Acá” se puede considerar una declaración de intenciones por parte del poeta Víctor Guichón. “Escribo sobre mármol. / Esculpo letras. / Sé de la A, sé de la Z, y del silencio. / Invento”. A ese punto de partida corresponde una evaluación en la última página del libro, donde el autor manifiesta que no es imperioso escribir sobre piedra, pero sí inventar, combinar las palabras hasta dar con la expresión justa. Los versos iniciales prefiguran el sentido del conjunto, entendido como dirección por donde se desplazará el lenguaje del poema, que es una abierta preocupación para Guichón en tanto eje temático y materia prima.

Hablo del lenguaje de la poesía en contraposición con el social y con su urgencia comunicativa y práctica. Ante la poesía parece abrirse una bifurcación: un camino es escogido por los poetas con fe en el lenguaje, que buscan tensionarlo, retorcerlo y explotarlo para decir lo indecible. El otro sendero lo caminan los poetas con cierto desencanto ante el lenguaje, portadores de una duda quizá patrocinada por la idea de que la palabra no es la cosa, o la de que existe un desfase entre lenguaje y cosa: ese conflicto los lleva por lo general a considerar, sin mayor trauma, que es el lenguaje el que habla a través de ellos, como si fueran una suerte de médiums. Guichón parece comulgar con el primer grupo de poetas, más interesados en expresar que en nombrar, aunque, por momentos, su fe se pone en entredicho y mira, sopesa, mide las palabras con las que dice sin miedo a modificarlas, a explotar ese mármol donde inicialmente están inscritas.

De todos modos, en este libro las palabras no se confinan exclusivamente al ámbito mental, como lo hacen en los poemas vueltos sobre sí mismos, mirándose y problematizando su naturaleza: también disponen de un cable a tierra sensorial. Se trata de un lenguaje que habla del lenguaje, pero también de la lengua como órgano, como la parte de un conjunto: el cuerpo. “Una burbuja de vapor se esconde bajo mi lenguaje, / resbala el paladar, van dos palabras juntas, / un fonema único resonando entre labios, / una brisa llena de símbolos entrando en las cuevas del sonido. // Oído que vibra por palabra. / Ojos que la suenan en silencio / me duele no ser voz / duele cuando lo digo”. Hay un puente entre lo mental y lo corporal, con un tránsito constante en ambos sentidos. Hay una voz poética y hay un cuerpo que aspira a la unidad o comunión con otro, en un juego de acercamiento y deseo. “Soy el cuerpo que en tus ojos atestigua la lengua que lame / la piel, esa saliva amable que nos baña”. No es de extrañarse, pues, que haya fluidos, que se iluminen la boca, los labios, la espalda, las piernas, que la piel esté presente. Es el cuerpo moviéndose y, con él y en él, las palabras que lo nombran, los vocablos que dicen el cuerpo que los origina.

En rigor, no es este el único lazo que aparece a lo largo del poema, también existe la correspondencia entre los poemas de Guichón y los dibujos de Claudia Ganzo. Más que de ornatos del texto, se trata de un diálogo entre artes. Ganzo comulga con la atmósfera propuesta por el poeta, donde la figura humana, más que ser ilusorio calco, se sugiere reordenando el lenguaje y sacándolo de su posición predecible, difuminando un referente y abriendo así combinaciones de sentido mucho más ricas. La imagen que está al inicio del libro y que también lo cierra es el mejor ejemplo visual de esa sintonía. Esa imagen repetida parece responder a la misma dinámica con la que se construyen los textos. El poeta no sólo mira el lenguaje y el cuerpo que lo dice, sino que además vuelve a la primera instancia y reordena lo ya dicho.

Se abren con esta posibilidad combinatoria capas de sentido que se relacionan con lo ya leído en nuevas direcciones. Es la escritura a partir de ecos, de fantasmas, la reescritura como motor del movimiento. Es la operación de un lector que vuelve sobre el mismo punto con las mismas herramientas, explorando diversos ángulos y produciendo un efecto de familiaridad, y a la vez algo desconocido e imprevisible. “Es breve el movimiento / Por breve es alimento / me nutre del abismo / Ni la superficie siento”. Y, más adelante: “Es breve el artificio, sí. / Por breve es alimento”.

Acá, de Víctor Guichón, con dibujos de Claudia Ganzo. Ediciones del Azahar, 2017. 61 páginas.
Jairo Rojas Rojas


*Publicado originalmente en La Diaria del 23/10/17